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martes, 26 de julio de 2011

Otro pudin inesperado




Hay días en que da igual que todo lo hagas «igual», y no hay quien te convenza de lo contrario. Porque son los mismos huevos, la temperatura del horno es la de siempre, no has abierto la puerta antes de tiempo, las cantidades las tienes apuntadas y has seguido la receta al pie de la letra, has puesto todo el cariño en la elaboración y no ha mediado la catástrofe del poyo...

Pero no, de nada ha servido: Ese bizcocho tan esponjoso, que lucía orgulloso y del que ya te pavoneabas pensando en futuros halagos se ha desinflado. ¡Ay, qué fastidio!  Por la ilusión que habías puesto, porque ya lo veías en el plato de postre con un chorreoncito de sirope y su azúcar glass, por el tiempo invertido ¡y todos esos ingredientes desperdiciados! Ah, pero si la cocina y los cocinillas saben de algo es de reciclar. Y aquí aparece el pudin de nuevo:

Calenté medio litro de leche con piel de limón y canela. Una vez retirada del fuego, desmigué gran parte del bizcocho fallido —era de pera y pasas, ¡uhmm!— y lo agregué al cazo, bastante cantidad, hasta casi parecer unas gachas espesitas. Olía bien.

Le di su tiempo para que la miga absorbiera bien la leche y la mezcla se templara. Un ratito después, añadí poquito a poco un par de huevos batidos con azúcar, ligando con suavidad. Cogí un molde y vertí caramelo líquido en la base, seguido de nuestra aromática y no muy visualmente atractiva «gachuleta».

Este mismo molde lo introduje en un recipiente profundo con agua, para hacer el pudin al baño María, y lo metí en el horno precalentado a unos 180º.


El pudin inesperado quedó perfecto en cuanto «dejó de bailar» y el palito salió seco (tardó unos 45 min darme el gusto ;-)

El pudin inesperado quedó perfecto en cuanto «dejó de bailar» y el palito salió seco (tardó unos 45 min darme el gusto ;-)

Délicieux!

PS1: El huevo es el que espesa. Tres o cuatro huevos le darán una consistencia más firme.

PS2: Cosillas a tener en cuenta para evitar que nuestro bizcocho se baje:

  1. Vigilar la fecha de caducidad de la harina y la levadura.
  2. No dejar pasar mucho tiempo desde que preparamos la masa hasta que la metemos en el horno.
  3. Una temperatura excesiva puede hacer que el bizcocho se dore muy rápido y tenga la apariencia de estar hecho; sin embargo el interior queda poco cocido, y en cuanto pierde temperatura el horno, se desinfla.
  4. Precalentar el horno antes y, por supuesto, no abrir la puerta del horno durante, no al menos antes de 20 min.




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martes, 30 de marzo de 2010

Roscos fritos a cuatro manos



Pues sí. ¿Qué mejor que una de roscos fritos para esta Semana? Pasaba frente a una de las muchas panaderías-pastelerías del pueblo y me dije: «Oye ¿por qué no trajinas un rato y pruebas a hacer tus propios roscos?». Se lo propuse a mi hermana (H), que es otra trajinante, y nos juntamos en su casa, aprovechando que tenía unos días libres. El resultado: ¡aún más ricos de lo que parecen en la foto!

Partimos de la receta detodalavida: (por cada huevo) 3 cucharadas de azúcar, 3 cucharadas de aceite de oliva y 6 cucharadas de leche; además hay que tener una naranja a mano, mucha harina y levadura.

Antes de que yo llegara H ya había cocinado la cáscara de naranja en aceite, lo justo para coger el aroma y el sabor cítrico. Me prestó un delantal y nos metimos en faena.

Empecé batiendo 4 huevos en un bol hermoso, mientras ella preparaba el resto de ingredientes. Primero agregamos el azúcar, luego el aceite ya frío (que, sin haberlo previsto, contaba exactamente las 12 cucharadas que necesitábamos, ayyy); después la leche y, a poquitos, la harina (como era bizcochona solo le añadimos 1 sobre de levadura). A partir de aquí empezamos a turnarnos antes de que nos dieran agujetas. Por despiste, mezclamos harina normal con harina integral, pero no pasó nada (todo lo contrario; algunos cambios salen buenos ;-)

Aquello de echar harina parecía que no se iba a terminar nunca; H se agobió con la masa entre los dedos, llegó un momento en que no sentíamos las manos, o mejor, ¡nos quedamos sin manos!; incluso le pedimos a mi perra que nos echara una pata, pero ni caso; probamos a meter las varillas eléctricas, pero la obra de arte instantáneo que surgió en la ventana de la cocina nos hizo desistir. ¡Llegamos hasta a meterle la batidora!

Después de volcar la masa en el poyo y de mucha más harina, después de muchas risas y salpicaduras diversas en cara, pelo y zapatos, conseguimos que la masa estuviera perfecta, blandita y no pegajosa, con la consistencia justa para poder trabajarla. Hicimos bolitas con toda la masa y después las aplastamos un poco y con el dedo les hicimos el agujero en el centro.



Ya solo faltaba freírlas en abundante aceite, bastante caliente, hasta que se doraron (abrimos alguno al principio, para comprobar que estaban hechos por dentro). En un recipiente con azúcar y canela los rebozamos (bueno, eso lo hizo H) y los pusimos en una bandeja a enfriar.

Cosas que aprendimos de la experiencia: a seguir divirtiéndonos en la cocina; de aceite, mejor echar algo más de 3 cucharadas, para que la masa salga más suave; los roscos crudos tienen que ser pequeños y finos, ya que crecen bastante en la sartén; si apetece, se puede añadir a la masa un chorrito de anís.

A este ritmo y con estas ganas, nos vemos en el próximo mercado medieval ¡montando un puestecillo de dulces típicos!

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martes, 16 de marzo de 2010

Mi primer pudding



Esta es la historia de un bizcocho caído en desgracia, y de cómo la influencia latente de los programas de Arguiñano y la sabiduría siempre a mano de la mamma consiguieron crear un pudding perfecto.

Los culpables:

Migas de bizcocho incomprendido
2huevos batidos con alegría
3 o 4 cucharadas de azúcar
Un vaso de leche templada con rama de canela
Topping de caramelo

La cosa ocurrió así:

Una tarde fría de principios de marzo, la masa del bizcocho de pomelo, en su afán mediático de querer emular los últimos partes meteorológicos, inundó el poyo de la cocina, anegando parte de la hornilla y superando la frontera de la campana de extracción. El delantal se declaró zona catastrófica. La masa superviviente entró en el horno a regañadientes, pero, por circunstancias ajenas a mi optimismo, no dio a luz un bizcocho comestible (aunque su aroma cítrico era delicioso).

Como mi cabecita se negaba a dar por perdidos todos aquellos ingredientes, con la crisis apretando, conjuré a los espíritus de los fogones durante el sueño.

A la mañana siguiente triangulé datos y calculé proporciones, empezando por el bizcocho. Desmigué un par de trozos hermosos. Batí 2 huevos con 3 cucharadas de azúcar, mientras templaba 1 vaso de leche con una ramita de canela. En la leche, ya templada y retirada del fuego, eché las migas del bizcocho y dejé que se empaparan. Lo mezclé todo con cariño, puse en el fondo de un molde el caramelo líquido, y vertí el mejunje. Eché agua en una bandeja profunda y coloqué el molde encima, para cocinarlo en el horno al baño María (170-180 ºC durante aproximadamente 45 min).

La foto no me salió muy bien, pero el pudding… ¡tenéis que probarlo!

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miércoles, 15 de julio de 2009

Roscas chilenas de la Pingüina de Atacama



Para pringarse en la cocina: 6 tazas de harina, 5 huevos, 2 tazas de azúcar, 1 y 1/2 taza de mantequilla o margarina, 4 cucharaditas llenas hasta el tope de polvos de hornear (o sea, levadura), leche para mezclar la masa, aceite para freír, 3 padrenuestros.

Más le vale a usted amarrarse el pelo, porque el pelo tiene una tendencia muy curiosa a pegotearse en todo, especialmente en la masa. Ahora revísese usted las uñas, no querrá que las roscas le salgan con un ingrediente extra. A continuación, rece usted 3 padrenuestros y dispóngase a meter la harina, los polvos de hornear y el azúcar en un bol grande. Sí, un bol, ¿qué esperaba? No, ese plato es muy chico. Pues bien, parta usted a comprar un bol al mercado; yo aquí la espero.

Muy bien, amárrese otra vez el pelo y mezcle todo, y deje un hueco en el centro donde pondrá la margarina derretida. ¡No! Sáquela usted, que está congelada. Dele, póngala en un plato y al microondas. No… ponerla al sol no sirve. Sí, ya sé que hace calor, pero no es lo mismo. Ahora a revolver un poco y métale los huevos, uno por uno, no se apure.



¿Y es para regalonear a su marido que quiere hacer roscas? Qué bonito… Ahora a mezclar y a ponerle leche hasta que esa mole dura que tiene usted ahí se ablande; sí, esa cosa dura blanquecina que la mira amenazante debe ser suave y moldeable. No se asuste, la cosa no tiene boca, no muerde. Tómela, no sea usted tímida, ¿que la textura le recuerda a qué?, señora por Dios, que yo soy una vieja respetable… Tómela y amase, sí, meta las manos, le advertí de las uñas, ¿se acuerda? Póngale harina a la mesa, si no se va a pego… ¿ve?, tal cual, se ha pegoteado todo a la mesa. No, no estoy enojada. Todo sea porque usted le haga mimos a su marido. Siga usted. Es cuestión de harina, hasta que la masa no se pegue en ninguna parte, ni en la nariz, ni en los codos, ni en la barriga. Ya está.
Ahora separe en trozos, haga la bolita, ahora estire, así como cuando era usted niña y jugaba con plastilina. La estira, la enrolla, la une por los extremos. ¡Ya está! Su primera rosca. Siga usted que yo me voy a sentar un rato. Es que sería mejor que hubiera traído el cortador de roscas, pero como no lo trajo, con las manos será…

Meta usted mucho aceite, ¿cómo que qué aceite? Bueno, aquí la espero…
Muy bien, meta usted mucho aceite en la sartén y cuando esté hirviendo, le pone las roscas con mucho cui… ¡cuidado! Claro, claro, si las tira el aceite salta. Venga, meta la mano al agua fría. No llore, señora, estas cosas pasan. Muy bien, con cuidado entonces, las roscas se fríen y suben, ¿ve? Se engordan, se hacen blandas y deliciosas. A su marido le van a encantar, las roscas van a estar esponjosas… Mmm… no sé qué pasa, señora, se están quemando pero no crecen… Déjeme sacarlas.

Pues no sé, están duras como piedras. ¿Cómo voy a tener la culpa yo? Usted hizo todo lo que le dije, la harina, los polvos de hornear… ¿Cómo que qué son los polvos de hornear?... ¿Qué es eso que le asoma por el delantal?... ¡El sobre con los polvos!

No llore, no llore, ya verá cómo le gustan a su marido. Sí, están duras, no son roscas, ¿sabe? Parecen piedras. ¿Y de dónde es su marido? Ah… americano, pues dígale que son “piedritas”, seguro que se las come contento. Mal que mal, ¿no ha hecho usted todo este esfuerzo? Eso, séquese las lágrimas y meta sus “piedritas” en esta bandeja, eso, así, tápela con el mantel. No llore más, ya verá que a su gringuito le gusta, con tal que tengan harta azúcar… eso, ya está, usted llega y le dice que en vez de roscas le ha preparado “piedras”.

Buena suerte.

Por Andrea MH Amosson

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jueves, 9 de julio de 2009

Hacer brownies es peligroso (o, mejor, soy muy torpe).


Receta-relato de inauguración para abrir la boca y la puerta de este rincón.

En el poyo de la cocina lo dispongo todo: huevos frescos, chocolate negro y mantequilla, azúcar, harina de repostería, leche… Es mediodía. Voy a picar las nueces. Después de buscar un rato, localizo el abrenueces en una cestilla de mimbre, donde hay un poco de todo (cuentas churreteadas de la compra, el asa de loza de una taza, un bote de vitaminas… y polvo, sobre todo polvo). Para empezar, me clavo dos veces el pincho: la primera en la base del dedo gordo y la otra en la yema del índice, ¡cómo escuece! Después de pelearme un rato con las nueces (algunas cáscaras se resisten) las troceo con las manos (me llama la atención su forma de cerebrito) y con el palo de madera del almirez, las muelo un poco. Vale.

En un bol mediano pongo 150 gramos de chocolate para postres y 125 gramos de mantequilla. Lo meto en el microondas, a media potencia un par de minutos. Cuando veo que está todo fundido, lo mezclo lentamente (me gustan las varillas manuales) hasta que queda homogénea la masa, y la dejo templar. Meto el dedo para probar (¡qué vicio, está riquísima!). Mi perra me mira y se pregunta si también le gustará a ella esa cosa pringosa.

Me voy al otro extremo del poyo, casco 3 huevos en el vaso grande de la batidora, añado 150 gramos de azúcar y enchufo las varillas eléctricas. En la primera batida lo pongo todo perdido. Enseguida se pone espumosa; cojo la leche (que está a temperatura ambiente, claro ;-)). De las 3 cucharadas que tengo que incorporar, 1 y media me la echo encima y otra media la esturreo entre los cacharros. Repito y vuelvo a batir, siempre despacito y con cariño. Como aún está caliente el chocolate, decido limpiar el cable de la batidora, con papel absorbente. Mientras lo hago, me doy un topetazo contra la puerta de uno de los muebles, que estaba curiosamente abierta (¿quién habrá sido el muy…?). Me clavo la esquina en la frente y maldigo. ¡Qué ostia! Me siento en el salón, hasta que se me pasa y, mientras masajeo con ahínco la cabeza dolorida para que no me salga mucho porcino, decido que he aprendido dos cosas:

1. A no caminar mientras limpias el cable de la batidora.
2. A no abrir la puerta del mueble colgante donde vas a guardar la batidora que estás limpiando, antes de haberla limpiado.

Lesionada, vuelvo a la cocina. Como la mezcla de chocolate y mantequilla está templadita, la uno a la anterior y sigo batiendo con cariño. Agrego 100 gramos de harina (en el recipiente y, una vez más, encima mía), un pellizco de bicarbonato (o medio sobre de levadura, o nada, si la harina es bizcochona) y las nueces que antes piqué (las nueces y los dedos).

Acabo de darme cuenta de que tengo pequeñas gotas de chocolate en el pelo. No sé cómo han llegado hasta ahí (!).

Como antes de empezar a cocinar recordé bajar, aceitar y espolvorear con harina el molde donde voy a hacer el brownie (mentira, lo olvidé, y ahora que la masa está lista me entra el nervio, suelto las varillas llenas de chocolate pringoso sobre el poyo, corro al salón, me llevo por medio el quicio de la puerta con el hombro que no tiene culpa, cojo una de las sillas, que también golpeo con el quicio que no tiene culpa, me subo —sin chanclas—, alcanzo el molde que vale lo mismo para horno que para microondas, bajo —me pongo las chanclas—, cojo el aceite —o la mantequilla, no mejor el aceite, que la mantequilla ahora la tengo hecha un peñón en el frigorífico— busco la brocha, me he pasado de aceite, vuelvo a sacar la harina, que ya la había guardado y todo, espolvoreo el molde, el poyo, la vitro, la barriga, los dedos de los pies que asoman por las chanclas y…), por fin echo el mejunje dulzón dentro. Y compruebo, por enésima vez más una, que debí coger un molde más grande, porque existe una ley —escrita al menos en blogs y webs de cocina— que dice que la masa no debe superar la mitad de la capacidad del molde. ¡Cómo están las cabezas!

Así y todo, cojo el molde, con cuidado de no volcarlo, que es de silicona y salsón, y lo meto en el microondas. 5 minutos a 800W. No abro. Espero otros 5 minutos mientras reposa (alguien me dijo que las ondas siguen funcionando…). Abro. Meto el palillo chino (no sé de dónde han salido tantos palillos chinos). Sale seco. ¡Prueba conseguida! (Si no, podría haber seguido experimentando con el tiempo y las potencias, hasta que estuviera fetén.)

Conclusión: Si os gusta el riesgo, el subidón de adrenalina ante la cacharrería desordenada, reposterizaros embadurnándoos de ingredientes como los niños chicos, y no os importa un chichón y un par de picotazos y, lo más importante, queréis disfrutar de un brownie delicioso (acompañado de helado de vainilla o una natilla ligerita), tenéis que probar.

Gloria Lao García (Clumsy Glor)

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